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viernes, 26 de enero de 2024

Undergods: el mundo en ruinas



Undergods, dirigida por Chino Moya. Reino Unido, 2020.


K y Z conducen un camión en una ciudad devastada y recogen cadáveres mientras se cuentan historias inquietantes.


Una historia dentro de otra historia dentro de otra historia. La narración se convierte en una manera de proyectar miedos y anécdotas, como Las mil y una noches en una sociedad hecha jirones. Las historias se ramifican, se embuclan en espirales que no tienen solución.


Un paisaje postapocalíptico, como después de una guerra que solo ha dejado sordidez y deshumanización. Una sociedad distópica donde los personajes son como marionetas que se comunican a duras penas. El absurdo de unas vida alienadas, el sometimiento de una sociedad brutal. Como si Kafka hubiera escrito un guion en pleno siglo XXI.


¿Hay algo en común en esas historias rizomáticas? Hombres que no son capaces de controlar la situación y tienen miedo de perder a sus mujeres o hijas; extraños que entran en la vida de uno y alteran el orden cotidiano. 


La fotografía, con tonos azulados (que recuerdan al ilustrador e historietista Enki Bilal), la arquitectura brutalista, junto a la atmósfera decadente del Este de Europa (la película se rodó en Belgrado y Tallin), ayudan a configurar una ambientación turbia y brutal.


Extrañamiento, surrealismo, poesía. Ecos de E.T.A. Hoffmann, David Cronenberg, David Lynch, Yorgos Lanthimos,  Michael Haneke.


Una película distópica que también es un cuento que también es una historia de terror psicológico.


Una película de culto. 





(Ver en Filmin).

martes, 21 de junio de 2022

Separación: ser o no ser entre los “dentris” y los “fueris”




La serie dirigida por Ben Stiller y Aoife McArdle y creada por Dan Erickson es una distopía sobre la alienación laboral y las formas de control de las corporaciones que someten a los sujetos a su antojo. Heredera de las mejores distopías literarias -Un mundo feliz, 1984, Fahrenheit 451- y cinematográficas Eternal Sunshine of the Spotless Mind, dirigida por Michel Gondry y escrita por Charlie Kaufman o  Black Mirror, dirigida por Charlie Brooker-, Separación tiene a un protagonista que poco a poco va “despertando” de su letargo alienante y los episodios muestran ese desarrollo, llegando a ramificarse en otros personajes secundarios y en situaciones insólitas.


Los episodios contienen suficientes dosis de extrañamiento e inquietud como para removerse en el sillón y esbozar una sonrisa de incomodidad. Hay humor e ironía y se agradece. El extrañamiento viene por un lado, del inmobiliario vintage y la mezcla de dispositivos electrónicos actuales con otros antiguos. Así, vemos ordenadores setenteros, que recuerdan a los primeros Apple y pantallas en 8 bits con móviles actuales. Coches europeos de los años 70 y 80 (Volvo, Peugeot) en una ciudad típicamente norteamericana y planos grandes compuestos por carreteras, casas y edificios que sugieren aislamiento e incomunicación, algo que recuerda al pintor Edward Hopper, junto a una planificación estilizada y ritmo pausado donde hay cabida a los pequeños detalles que tienen más importancia de la que pueda parecer. Además, hay escenas que tienen ya su valor por sí mismas y que difícilmente se me olvidarán por un tiempo.





Uno de los aciertos de Separación es que en ningún momento sabemos a qué se dedica la empresa Lumon, donde desempeñan su labor los protagonistas y los propios trabajadores se lo preguntan, sin obtener respuesta. Ellos se dedican a trabajar y producir. Se penalizan la curiosidad y la búsqueda de la verdad. Por momentos, hay escenas que parecen extraídas de las novelas América o El castillo de Kafka, debido a los laberínticos e interminables pasillos y situaciones absurdas que viven los protagonistas en un modelo social incomprensible para el individuo que quiere saber cómo funciona, pero la burocracia y el control anulan su libertad y genera su frustración.


La novedoso aquí es la idea de “separación”, ya que los trabajadores de Lumon han aceptado por sí solos asumir una separación de los recuerdos entre los “dentris”, ellos mismos cuando están trabajando, y los “fueris”, ellos cuando están fuera del trabajo, pero ninguno puede acordarse de su “otro”, porque precisamente su vida está escindida en dos, de ahí el nombre de “separación”. Lo curioso, es que los “dentris” acaban conectando a nivel emocional, motivando solidaridad y compañerismo, algo seguramente con lo que no contaban sus jefes, y esto les lleva a revelar parte de la complejidad en la que están metidos. Como toda buena distopía, al final los temas son la sociedad de control que intenta anular al individuo y manipula sus emociones con fines corporativos.




Aparte de una dirección muy eficiente, hay un reparto heterogéneo que funciona de manera homogénea, destacando Adam Scott, Britt Lower, Patricia Arquette, John Turturro y Tramell Tillman.


(Separación -Severance-, creada por Dan Erickson y dirigida por Ben Stiller y Aoife McArdle. EEUU, 2022. Ver en Apple TV).

lunes, 13 de junio de 2022

viernes, 28 de junio de 2019

Maniac o el control del sujeto


Maniac es una serie que cuenta varias historias y trata de la mezcla entre realidad y ficción, así como de la amistad y la existencia de almas gemelas. También es evidente que habla de los traumas no superados y de las enfermedades mentales a través de los dos personajes protagónicos (interpretados por Jonah Hill y Emma Stone). Pero hay otro tema más escondido y que solo se sugiere hacia los últimos capítulos, de una manera no tan evidente, sobre el poder, sobre cómo el Estado y sus instituciones, así como la Familia, someten a los individuos hasta robarles sus atributos y solo son válidos y lícitos los dictámenes que los estamentos del poder establecen, por encima de cualquier otro. Por tanto, podemos decir que el guión es un ejemplo de la teoría del iceberg, conocida por escritores como Ernest Hemingway o más recientemente, Ricardo Piglia o Kjell Askildsen, al esconder de lo que verdaderamente se quiere hablar, que ha de sugerirse, pues lo que queda “tapado” es lo verdaderamente importante. 

Porque realmente Maniac habla de cómo se construyen discursos hegemónicos que a su vez son asimilados por la mayor parte de la sociedad como “verdad”. El tratamiento del experimento al que asisten Owen y Annie o las incursiones paranoicas sirven para ilustrar esta temática, pero no son el tema.

[Contiene spoilers] En este sentido, es revelador el último capítulo, cuando Annie va al psiquiátrico donde la familia de Owen lo ha encerrado -el poder del padre que pacta con el poder del psiquiatra sin ni siquiera preguntar al paciente ni dejarle que se explique, es decir, tomando la decisión por él-. Algo, por cierto,  que nos remite al "poder pastoral" de Michel Foucault. De manera que Owen asume, como sujeto sometido, que es un enfermo y que debe estar encerrado, (pues ese ha sido el discurso familiar y psiquiátrico), pero en realidad, no lo olvidemos, su familia lo ha castigado porque en el juicio contra su hermano él reconoce que aquel es culpable de haber violado a una mujer. El poder de los que tienen la potestad, es decir, los que toman las decisiones importantes, encierran al individuo no por ser enfermo, sino por decir la verdad y la verdad es que el hermano de Owen ha violado a una mujer, él, que no está enfermo.




Maniac tiene muchos, muchísimos momentos donde se da prioridad a las emociones, sobre todo en las incursiones de los dos protagonistas en el ensayo que se han prestado a realizar. Vamos asistiendo a las fantasías de ambos personajes, historias que los unen (ya hemos dicho que uno de los temas de la serie es la amistad pura o las almas gemelas, pero también la empatía y la solidaridad por el otro), pero si nos damos cuenta, en todas las historias, Owen y Annie tienen problemas con la autoridad o con gansters u otro tipo de personajes que los persiguen, de manera que siempre uno está salvando al otro (por cierto, en unas historias disparatadas, divertidas y llenas de elementos paródicos que ridiculizan distintos tratamientos genéricos de la cultura yanki).  Ambos son solitarios y emocionalmente vulnerables en un mundo enormemente capitalista, donde algunas empresas ganan dinero proponiendo amigos falsos (aquí se ve un detalle de la realidad distópica en la que viven). Sin embargo, Owen está controlado por su padre y su hermano, y le coaccionan para decir lo que ellos quieren que diga. Probablemente su único acto de libertad sea asistir al ensayo farmacológico. Y lo que surge de ese experimento es revelador.

No olvidemos que se trata de una distopía, y como tal, se aborda un futuro paralelo no deseado desde el punto de vista ético de la felicidad. Y ya sabemos que en las distopías, desde Nosotros, de Evgueni Zamiátin, hasta 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury o El cuento de la criada, de Margaret Atwood (incluso en la mayoría de episodios de Black Mirror), se construyen historias alrededor del sometimiento de los individuos, dándose numerosos ejemplos de vigilancia y represión. En este sentido, nos recuerda inevitablemente a los modelos del "panóptico disciplinario" de Michel Foucault a partir de la idea arquitectónica del panóptico penintenciario de Jeremy Bentham. De manera más reciente, el filósofo coreano-germano Byung-Chul Han ha reelaborado esos conceptos y define de la sociedad actual como una “estructura de poder y coacción neoliberal de la libertad”, algo que refleja la realidad de Maniac.

Seguramente por ello, hay algunos momentos donde se sugiere que Owen detesta a su familia porque siempre le han tratado con condescendencia y de hecho, en alguna de las experiencias que vive en el ensayo farmacológico-tecnológico vuelven sobre esta idea, como espejos de una misma realidad, como cajas chinas que se repiten hasta el infinito.





Si estamos acostumbrados a leer novelas y películas con las gafas de la lógica, Maniac habla de un loco que confunde la realidad con la ficción, lo mismo que Don Quijote confunde, como todo el mundo sabe, los molinos con gigantes (por cierto, no es casualidad que la serie aluda tantas veces a la obra maestra de Cervantes). Sin embargo, no podemos hacer una lectura tan simplista: ni El Quijote trata de un loco ni Maniac de un enfermo. Hay que rasgar un poco más, pelar capas de la cebolla para llegar a lo importante (lo sugerido). Nos daremos cuenta de que Owen, sea o no un enfermo mental, está sometido por su familia y el Estado y gracias a ese experimento, conoce a Annie, una chica que no ha sabido pasar página ante la inesperada muerte de su hermana. Ambos se necesitan, porque han descubierto que gracias al poder de las emociones, pueden ser más libres, y por lo tanto, vivir según sus propias creencias, y no las que la sociedad capitalista quiere que sigan.

También la tradición lógica nos dice que una película o una serie ha de tener una linealidad, una evolución coherente con los arcos de los personajes bien definidos, e incluso, una presentación, un nudo y un desenlace. Pero la vida no siempre sigue este patrón, y por supuesto, hay grandes obras que tampoco lo siguen. Siempre ha habido libros, películas e incluso videojuegos que experimentan con sus propuestas narrativas y se alejan de los discursos tradicionales que buscan la perfección aristotélica. Lo perfecto muchas veces resulta previsible y no es suficiente para mostrar la realidad compleja con todas sus aristas. Tal vez porque Maniac tiene mucho de Philip K. Dick mezclado con Cervantes; porque hay distintas capas, subtramas intercaladas y una aparente paranoia que no es tal, pues hay suficientes elementos paródicos como para pensar que detrás de Fukunaga hay una mirada crítica que va más allá de lo que el iceberg nos muestra.


(Maniac, serie dirigida por Cary Fukunaga, EEUU, 2018).

miércoles, 25 de octubre de 2017

El cuento de la criada

Imagen extraída de www.elpajaroburlon.com

El cuento de la criada (The Handmaid's Tale) 

Las narraciones distópicas no dejan de ser un recurso para hablar del presente, para analizar de una manera lateral el sistema en el que vivimos y prevenirnos de los peligros de un posible futuro inminente: desde Nosotros, de Yevgueni Zamiatin hasta La carretera, de Cormac McCarthy, pasando por Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; Fahrenheit 451, de Ray Bradbury o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. Normalmente, las distopías tienen en común la exposición de unos hechos que indagan en un futuro indeseable para el ser humano y muestran su decadencia, a la vez que exponen un modelo social regido por una ideología totalitaria como presagio de un futuro cercano, oscuro, infernal y por lo tanto, posible.  

El cuento de la criada, serie estrenada recientemente en HBO España, basada en la novela homónima de Margaret Atwood publicada en 1985, no va a ser menos, y no disimula su pretensión de mostrar una mirada irónica y aterradora del género humano, que sigue perpetuando el horror, así como el sometimiento de los individuos y en especial de las mujeres. A pesar de algunos cambios con respecto a la novela de Atwood, la serie consigue mantener el ambiente enrarecido y el tono confesional del narrador en primera persona de la novela, que no es otra que Defred, una joven sometida por la familia del comandante Fred Waterford. Las doncellas o criadas toman el nombre del patriarca de la casa y son formadas para servirles, aunque su función es darles un hijo que sus esposas, estériles, son incapaces de hacer. Viven en La República de Gilead (antiguo EEUU), un país totalitario y puritano, basado en normas y leyes estrictas que impone la dictadura. Con reminiscencias bíblicas, Gilead es una sociedad fuertemente jerarquizada, organizada por castas, donde las mujeres son violadas y tratadas como pura mercancía. 

Defred tiene un pasado, y parte del interés de la serie es ver, por medio de flashbacks, que tenía una vida normal e incluso era medianamente feliz; sin embargo, de la noche a la mañana, su vida cobró un giro que nunca habría imaginado. Ante ese cambio tan drástico, su único objetivo es sobrevivir al infierno que vive. Y a pesar de ese infierno, tiene razones para ello.

Uno de los aciertos de la serie es la ambivalencia entre extrañamiento y cercanía junto a la elegante fotografía, que en los interiores de la casa donde trabaja Defred recuerda inevitablemente a la pintura holandesa barroca, donde la luz se cuela en pequeñas dosis en las habitaciones en penumbra. También es un acierto la innegable brutalidad de muchas escenas, narradas con serenidad, reflejo de los límites a los que puede llegar el ser humano en circunstancias extremas, pero también, como ejemplo de que el horror puede instalarse con normalidad y ser generalizado. 

El cuento de la criada es una de las series del año por varias razones. Por un lado, porque mantiene el tono de tensión y profundidad de los personajes de las mejores novelas distópicas. Además, la actuación de Elisabeth Moss, conocida sobre todo por su papel de Peggy en Mad Men resulta natural. Moss es capaz de reflejar lo que siente solo con gestos y miradas y nosotros sabemos en todo momento lo que piensa. Esto es importante, si entendemos que en esa sociedad totalitaria es necesario guardar silencio y el miedo a ser condenado está presente en cada paseo, en cada discurso que realice Defred, la criada y protagonista.   

¿Qué sentido tienen novelas como Fahrenheit 451 donde está prohibido leer? ¿No puede parecer exagerado? En El cuento de la criada, ¿no resulta excesivo pensar en una sociedad que rapta a mujeres fértiles para someterlas y violarlas para que las clases dominantes puedan tener descendencia? En ambos casos, podemos encontrar ejemplos reales, en países concretos y en momentos históricos concretos. Además, en los países denominados desarrollados, estas historias sirven a modo de espejo para plantearnos hasta qué punto vivimos en una sociedad que avanza hacia delante con contradicciones y paradojas dentro de un discurso democrático y liberal donde se siguen violando los derechos humanos. Por eso las distopías. Porque suponen un espejo roto al que nadie quiere mirar, porque en el fondo, esa imagen que muchos tienen de la civilización es menos oscura de lo que refleja esta serie. Es el horror, ese horror conradiano que pudimos apreciar en El corazón de las tinieblas (y en su versión cinematográfica, Apocalypse Now) que corrobora que el hombre es un lobo para el hombre, que la sociedad está podrida desde sus más íntimas entrañas.