Una película que es muchas películas: metacine, historia de traumas familiares, historia de la hija que cuestiona al padre, carta de perdón del padre a su hija, el duelo (o varios tipos de duelo), el amor de hermanas, la aceptación de la vejez, la casa familiar como nido y como nicho.
Una película intertextual, con ecos (y homenajes) de Chéjov, Ibsen, Bergman, Woody Allen o John Cassavetes. Sin embargo, el fecundo tándem formado por Joachim Trier (director) y Eskil Vogt (guionista y director de la notable Los inocentes) han sabido nutrirse de esas influencias e integrarlas en sus propia mirada, creando hasta la fecha no solo su mejor film (Oslo, 31 de agosto; La peor persona del mundo; Thelma), sino uno de los más profundos y emocionantes de los últimos años.
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