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domingo, 24 de septiembre de 2023

Jack Kerouac y Willem de Kooning: "¡Basta!"



Tu cara que ves en el espejo con expresión de angustia insoportable, tan demacrada, espantosa y triste que ni siquiera puedes llorar por una cosa tan desagradable, tan partida, sin ninguna conexión con perfecciones anteriores y por lo tanto sin nada con que conectar lágrimas ni nada: es como si el "Extraño" de William Burroughs apareciera de repente en tu lugar en el espejo. ¡Basta!

(Jack Kerouac, Big Sur, Anagrama, 2023. Traducción de Antonio-Prometeo Moya).

sábado, 8 de mayo de 2021

martes, 21 de abril de 2015

Visiones de Cody, de Jack Kerouac


Por fin se reedita en España una de las novelas más importantes del escritor norteamericano, con una nueva traducción a cargo de Daniel Ortiz Peñate. (Por cierto, conviene resaltar la traducción, ya que la novela se lee muy bien a pesar de los complejos juegos y vericuetos lingüìsticos de Kerouac).
Visiones de Cody, escrita a partir de 1951, no se publicó en vida de Kerouac por ser considerada pornográfica (recordemos los problemas que tuvieron para ser publicados los libros Aullido de Allen Ginsberg y la versión original de En el camino, que vio la luz más de cincuenta años después). Lo cierto, es que hay alusiones al sexo de manera explícita en Visiones de Cody, pero afirmar que se trata de pornografía hoy en día resultaría ridículo, lo que evidencia los prejuicios morales de la sociedad conservadora y mojigata en la que vivió el autor, que además no supo comprender la importancia del sexo en Kerouac. Asimismo, hay que señalar el rechazo que suscitó la novela, seguramente debido a la estructura  irregular y experimental que contiene, sin duda incomprendida para la época. Tal vez por estas dos razones, debemos considerar la importancia que merece Visones de Cody como un libro clave en la narrativa del autor de Los vagabundos del Dharma, además de ser la otra cara de la moneda de En el camino, ya que forma parte de los manuscritos que el joven escritor escribió en los primeros años de la década del 50. En en el ensayoKerouac en la carretera. Sobre el sello mecanografiado original y la generación beat (Anagrama) explica Howard Cunnell: “Kerouac se puso a escribir Visiones de Cody, basándose en las correcciones que había hecho a En la carretera en el otoño de 1951, de modo que entre todos estos textos hay conexiones muy complejas”. Así, el lector actual podrá leer esta novela como una protonovela, aunque también es factible hacerlo de manera independiente, y tal vez así debería ser.
Dividido en distintas partes sin apenas separación de las mismas, con una estructura desigual, Visiones de Cody  más bien se trata de un collage o de yuxtaposiciones que incluyen fragmentos descriptivos, escenas poéticas, largos diálogos y reflexiones proustianas. Con la excusa de ser un homenaje a Cassady, pero también a América “sea ésta lo que sea”, el autor de origen francocanadiense esboza una novela poliédrica que tematiza la pérdida como objeto de reconstrucción. Decía el crítico Aaron Latham en su reseña publicada en el New York Times que se leyera este libro por piezas, como un libro de poesía, más que como una novela porque no es narrativa contínua. Y tal vez sea una buena idea, pues ayudaría a leer el libro con menos prejuicios y nos acercaría a la pura sensación, a la fuerza que emana de las frases y las imágenes que brotan de este libro-río, en detrimento de la linealidad y la trama más convencional.
La estructura por capas contiene repeticiones y variaciones, dejando vislumbrar las obsesiones del autor, así como su capacidad lúdica desde el punto de vista plenamente narrativo: ¿Juega Kerouac con la posibilidad de copiar las experiencias y llevarlas al plano literario? ¿O planeta la imposibilidad de reconstruir las experiencias del pasado?
El ritmo es otro de los elementos sobre los que se fundamenta Visiones de Cody. La asociación libre de ideas, tanto en el monólogo interior como en los diálogos de la cinta grabada conforman un collage donde el desorden entra en juego para desbaratar los códigos más anquilosados y ampliar la conciencia estirándola hacia el subconsciente. El lector tendrá que dejarse llevar por los distintos ritmos de las frases, a la vez que desligarse de los itinerarios de lectura elementales. Como en la improvisación del jazz, hay ritmos atolondrados, pero siempre subyace una estructura que sirve para dar forma a todo el entramado. Lo mismo ocurre con las descripciones: en ellas, Kerouac logra horadar la realidad más cotidiana y dibujar, como si de Edward Hopper se tratara, personajes circunscritos a su entorno, resaltar sus soledades, sus comportamientos que delatan inseguridad y zozobra. En ocasiones, ese sentimiento de soledad es enorme: “Ahora se va -hermosa, simple. Verla partir ya no me hace gritar y morir y hacerme añicos porque todo se aleja de mí del mismo modo -las muchachas, las visiones, todo, siempre del mismo modo y para siempre y acepto la pérdida para siempre”. Ese objeto que decíamos antes de pérdida va permaneciendo a lo largo de las páginas y adquiere su sentido en la escritura “por esbozos”.
De manera que Visiones de Cody es una novela compleja y conceptual. ¿Acaso la novela no es un género que aglutina distintos tonos? Ya el Nouveau Roman francés experimentó con las técnicas narratológicas en este sentido. ¿No hay libros de Michel Butor o de Alain Robbe-Grillet donde se suprime la historia y el tema es la novela misma? ¿No escribió Georges Perec novelas con enormes listas de objetos y grandes descripciones de cosas? En algunas novelas del siglo XX, el monólogo interior se convierte en un parloteo incesante. Aquí, los diálogos entre Cody y Duluoz son puro charloteo. Para Kerouac, la verbalidad es la coherencia del pensamiento y no la coherencia del discurso que encontramos en la mayoría de la narrativa, de manera que la palabra es una representación del pensamiento, de ahí su exposición en bruto en Visiones de Cody. Por lo que en los diálogos que surgen a partir de unas cintas grabadas por el propio Kerouac hay de todo; desde conversaciones aburridas y tediosas hasta revelaciones místicas de Cody (no olvidemos que se trata de Neal Cassady) o dibujos más o menos profundos sobre autores como William S. Burroughs o Allen Ginsberg (incluso se hace alusión a la muerte de Joan Vallmer jugando a William Tell con su marido drogado, William S. Burroughs). De hecho, se pueden rastrear anécdotas y experiencias contadas en otros libros de Burroughs, Carolyn Cassady o el propio Jack Kerouac.
El libro, dentro de su línea experimental, contiene también metaliteratura e ironía, algo que pocas veces se relaciona con Kerouac. Un ejemplo: “Pero ya basta, durmamos, averigüemos, mañana se verá si hay modo de abstraer o extraer párrafos interesantes de todo este material que fluye por ese torrente de conciencia y cuyo movimiento puede valer para armar capítulos progresivos de iluminación y conformar ese gran ensayo sobre las maravillas del mundo cual iluminación continua y retroactiva”. De manera que el autor de Libro de haikus demuestra no solo tener humor, sino autocrítica, pues parece que es consciente del embrollo que es esta novela, pero también parece lanzar un cabo a los lectores para guiar su lectura: “Sí, por favor, vuelve al hilo de la historia”, dice Jack a Cody mientras conversan.
Decía Milan Kundera que la novela es: “La gran forma de la prosa en la que el autor, mediante egos experimentales (personajes), examina hasta el límite algunos de los grandes temas de la existencia”. Y siguiendo sus palabras, podríamos afirmar que Visiones de Cody se ajusta a dicha definición, pues examina los temas que le incumben al autor hasta explorar sus propios límites.
Al final de Visiones de Cody leemos: “No sólo acepté la pérdida para siempre, pues al fin y al cabo estoy hecho de pérdidas -también estoy hecho de Cody-”. Y esa escritura intenta reconstruir la pérdida que es innata a la vida; los recuerdos con Cody, sus viajes, sus amantes, sus andanzas; los pequeños momentos cotidianos llenos de sentido. Al final, todo tiene una cohesión, pues la novela empieza y acaba fundamentándose sobre la pérdida y su reconstrucción.

(Reseña publicada originariamente en Culturamas el 23/03/2015).

miércoles, 6 de agosto de 2014

Kerouac y Hopper: corazones delirantes



La gente en la cafetería tiene ese aspecto pero solo hasta que recoge los sombreros y las cosas, porque la melancolía es también una señal que se envían unos a otros, una especie de “Buenas noches, señoras”, un intercambio de amabilidades sinceras. ¿Qué clase de individuo sonríe abiertamente en el momento del lánguido acopio de prendas y la tristeza de empezar a partir? Es una señal: “Abandonas esta mesa que tanto había prometido -es nuestro obsequio a los tristes”. Ese ánimo se quiebra con solo una palabra; luego se encaminan hacia la puerta -ríen, arrojan ecos al escenario de su desastrosa humanidad -ganan a pie la calle y respiran los nuevos aires que abastecen el mundo.

Ah, los corazones delirantes de todos nosotros.


(Jack Kerouac, Visiones de Cody, Ediciones Escalera, 2014. Traducción de Daniel Ortiz Peñate).

lunes, 17 de febrero de 2014

Kerouac y la generación beat


A finales del pasado mes de enero, publiqué en la revista Culturamas una reseña del libro Kerouac y la generación beat de Jean-François Duval. Este es el texto:

Kerouac y la generación beat, de Jean-François Duval (Anagrama, 2013).

Jean-François Duval, periodista y escritor suizo, lleva varias décadas dedicándose a investigar sobre la generación beat, por lo que la publicación de Kerouac y la generación beat viene a desarrollar algunas ideas sobre el autor de Los subterráneos y su relación con dicho movimiento. El libro se divide en distintas secciones que son a su vez fecundas entrevistas a Allen Ginsberg (poeta, autor de Aullido e icono de la contracultura norteamericana), Carolyn Cassady (mujer de Neal Cassady y autora de Off the Road, sus memorias sobre Neal, Allen y Jack -de reciente publicación en España-), Joyce Johnson (ex novia de Jack Kerouac y escritora, autora de Personajes secundarios), Timothy Leary (escritor, psicólogo e investigador sobre el LSD), Anne Waldman (poeta, editora y fundadora de la Jack Kerouac School of Disembodied Poetics de Colorado) y y Ken Kesey (escritor, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, y gurú de los Merry Pranksters, un grupo de aventureros que viajaron por EEUU a bordo de un autobús psicodélico iniciando a la gente en el LSD en los años 60).

Duval se centra principalmente en las figuras de Jack Kerouac, Neal Cassady y Allen Ginsberg, y trata de manera tangencial a William S. Burroughs, John Clellon Holmes (autor de Go, para muchos, la primera novela beat), Gregory Corso, Anne Waldman, Joyce Johnson, Diane Di Prima, Lawrence Ferlinguetti o Gary Snyder, por lo que el libro no es un estudio completo de la generación, sino más bien un mosaico configurado por numerosos testimonios que hablan de la vida de Neal Cassady y Jack Kerouac y más concretamente sobre sus destinos trágicos y la degradación que sufrieron ambos a partir de la publicación y éxito de En el camino, sugiriendo la pregunta inevitable: ¿Kerouac y Cassady fueron víctimas del éxito literario de Sal Paradise y Dean Moriarty?

En todo caso, el volumen supone una guía para entender este movimiento, así como amplía información sobre la gestación del grupo, la relación entre los autores mencionados, y algunas líneas temáticas que los unen. En un momento dado, Ginsberg cuestiona si el la generación beat existió, y más adelante el propio Duval afirma: “La característica principal del 'movimiento beat', si existiera, sería su sorprendente disparidad”. Y eso cierto. Tanto en poesía, como en narrativa, la heterogeneidad es grande, si bien hay varios puntos en común que permiten trazar un itinerario: desde el interés por el budismo (sobre todo relacionado en autores como Ginsberg y Kerouac) a la experimentación con las drogas (marihuana, LSD), pasando por la apertura sexual, la crítica al mundo editorial mercantilista, el antibelicismo, la innovación con el lenguaje o la espontaneidad como un intento de captar un momento único. Tal vez, la idea que sintetice todos estos aspectos sea la que señala la poeta Anne Waldman, quien afirma que lo que caracteriza a dicha generación es: “una verdadera búsqueda espiritual”.

Uno de los aciertos del volumen, es la presencia femenina, pues Duval cuenta con los testimonios de varias mujeres que conocieron de manera íntima a Kerouac, Ginsberg, Cassady, Corso y compañía, ampliando la mirada sobre estos escritores, pero también reclamando un papel más significativo para estas Penélopes en la sombra. Parece que cada vez hay más mujeres que tuvieron incidencia en una generación muy rompedora, que sin embargo, no supo (o no quiso) darle importancia a las mujeres. El libro sugiere que todavía no se ha hecho justicia, y prueba de ello es la reciente y constante aparición de distintas publicaciones de mujeres relacionadas con la generación beat. Ese debate queda abierto y me temo que sigue siendo muy actual.

También el libro apunta a si Kerouac es un autor suficientemente comprendido por sus lectores, pues su compromiso con la literatura a veces parece ajeno a su figura como héroe literario. Muchas veces la fama y la dimensión social que adquirió su nombre supera a la importancia como escritor renovador.

Para muchos entrevistados, el alcance de Kerouac o Ginsberg supuso una nueva mirada sobre América, una crítica al modo de vida conservador de los años precedentes: “Con ella [la obra de Kerouac], transformó Norteamérica, cambió su percepción del continente, aunque muchos lo ignoren”, dice Ken Kesey. Una manera de romper con los prejuicios y los clichés. Para ello, Kerouac y Cassady se echan a la calle a recorrer América a buscar experiencias, a sentirse libres. Recordemos lo que decía Milan Kundera en El arte de la novela, señalando la ruptura de la novela europea con la capacidad de buscar experiencias, donde los personajes “se encuentran en un tiempo en el que no hay principio ni fin, en un espacio que no conoce fronteras” y que ya con Balzac y Flaubert “ese horizonte lejano ha desaparecido como un paisaje”. Creo que parte del encanto de En el camino es precisamente esa vuelta a los orígenes de la novela europea, esa herencia de búsqueda de libertad y los espacios abiertos.

Cabe destacar la introducción que realiza Duval, aclarando el contexto en el que se se publica On the Road, y relacionándolo con los diferentes momentos socio-culturales de los años 40, 50 y 60, así como la posterior influencia, tanto en la cultura hippie, como en músicos de la talla de Bob Dylan, The Beatles, Patti Smith o Kurt Cobain. Asimismo, se agradece el abundante material fotográfico, completado con un glosario de autores relacionados con el movimiento beat (desde el propio Kerouac, pasando por su hija Jan, Charles Bukowski o el escritor y periodista Hunter S. Thompson; en total, casi cuarenta personas), una bibliografía extensa sobre literatura beat y hasta una cronología de hechos y fechas que van desde 1914 (nacimiento de William S. Burroughs) hasta 2012, estreno de la película On the Road, dirigida por Walter Salles.

A estas alturas, nadie puede dudar de la repercusión que ha tenido -y sigue teniendo- la generación beat. Por si acaso, este libro viene a corroborarlo.

(Reseña publicada originariamente en la revista Culturamas en enero de 2014).

domingo, 19 de enero de 2014

Off The Road. Veinte años con Cassady, Kerouac y Ginsberg, de Carolyn Cassady


Hace dos semanas salió publicada una reseña mía sobre Off The Road. Veinte años con Cassady, Kerouac y Ginsberg de Carolyn Cassady en el suplemento Los Lunes de El Imparcial. Este es el texto.

Off The Road. Veinte años con Cassady, Kerouac y Ginsberg, de Carolyn Cassady (Ed. Escalera, 2013. Traducción de Ana Lima).

Carolyn Cassady, la que fuera mujer de Neal Cassady, moría el pasado 20 de septiembre a los 90 años de edad, y al mismo tiempo, se publicaba en España sus memorias tras veinte años de relación con Neal Cassady, Jack Kerouac (del que fue amante) y Allen Ginsberg.

Carolyn Robinson (apellido de soltera) nace en Michigan en 1923 y tras residir en varios sitios, recala en Denver para estudiar en la Universidad, donde posteriormente impartirá clases de arte. Allí conoce a Neal Cassady, se casa con él y tienen tres hijos. Ya en 1984 se muda a Inglaterra y en 1990 publica Off the Road, sus memorias sobre su relación con Cassady, Kerouac y Ginsberg. Carloyn aparece como personaje en varias novelas de Kerouac: es Camille en En el camino, y Evelyn en Big Sur y Visiones de Cody -de próxima aparición en Ediciones Escalera-, por lo que no se puede obviar la importancia que tuvo en la vida y la literatura del autor de Los subterráneos.

En Off The Road encontramos unas memorias desmitificadoras sobre los héroes de la generación Beat, poniendo énfasis en las experiencias cotidianas y asistiendo desde cierta distancia a las numerosas peripecias de su marido. Carolyn, cual Penélope del siglo XX, está fuera de la carretera, tejiendo, cuidando a sus hijos y esperando a su Ulises, que no es otro que el <<ángel loco>> Neal Cassady, en quien se basa Kerouac para dar vida al mítico Dean Moriarty de la famosa En el camino y con quien Ken Kesey se embarca en la aventura lisérgica de los Merry Pranksters en los años 60. Y ese es uno de los mayores intereses del libro, asistir a las las experiencias de la mujer de Cassady, así como amante del propio Kerouac y amiga de Allen Ginsberg durante cincuenta años. Un testimonio privilegiado de la gran novela de la vida de Kerouac y compañía.

Desde el comienzo, la autora remarca el choque que supuso conocer a Neal, Jack y Allen, bohemios y aventureros, teniendo en cuenta la educación basada en principios victorianos que había recibido. Los jóvenes beatniks fumaban hierba, viajaban de costa a costa y experimentaban todo tipo de sensaciones. No tuvo que ser fácil para una mujer “criada para temer y reverenciar los códigos sociales dominantes en los años treinta y habiendo llevado una existencia protegida y llena de restricciones”.

En el libro se percibe la lucha interna no solo de Neal, sino también de Kerouac o de la propia autora. Sin embargo, Carolyn destila cierta sabiduría cotidiana y por momentos hasta escribe con una ironía que aflora con un poso de amargura: “Solo me importaba casarme y no había caído en la fecha. Nací en abril y ya era tonta de por sí, así que ¿qué podría ser más apropiado para mí que casarme el 1 de abril, Día de los Tontos en EEUU?”. Y ante tantos años de relación con Neal, en su difícil papel de esposa y madre, no puede evitar resignarse, seguramente como un mecanismo de protección, para salir adelante: “(Me llevó mucho tiempo y muchos ejemplos aprender que 'ojos que no ven corazón que no siente')”. Carolyn tiene que criar a tres niños en muchos momentos sola, ante las idas y venidas de Neal y no sin esfuerzo. La ambivalencia entre el cariño, y las decepciones de Neal es constante. Aun así, Carolyn mantiene la comprensión y el cariño hacia su marido hasta el final.

Este libro viene a completar una visión bastante realista y cruda de Neal Cassady y Jack Kerouac, que se une a otros testimonios que recalcan el sufrimiento existencial de ambos, así como su inevitable autodestrucción.

Off The Road se completa con fragmentos de cartas de Neal, Jack y Allen, lo que ayuda a componer un mosaico sobre las relaciones entre ellos y sirve de contraste con la visión de Carolyn, de manera que satisfará a los numerosos lectores de Kerouac, Ginsberg y compañía.

(Reseña publicada el 5 de enero de 2014 en Los lunes de El Imparcial).

jueves, 28 de julio de 2011

La penúltima derrota de Jack Kerouac: Satori en París




Siempre que se acerca el verano me empiezan a correr por las venas ansias beats, no sé por qué. Y ahora que estamos inmersos en el caluroso verano madrileño, me acuerdo, cómo no, de Jack Kerouac, y de sus inevitables viajes. Reproduzco una reseña de Satori en París que publiqué hace no mucho en la revista Deriva.

Satori en París, de Jack Kerouac (Ediciones Escalera, 2009, Madrid. Traducción de Daniel Ortiz Peñate).

En octubre de este año se cumplen 40 años de la muerte de Jack Kerouac y todavía su obra continúa siendo una fuente de inspiración en muchos escritores, además de seguir despertando interés en los lectores. Ahora nos llega, de la mano de Ediciones Escalera -y por primera vez en España-, la penúltima novela del autor de En el camino, lo que supone un salto editorial para este sello pequeño que habrá que seguir de cerca.
Parece ser que Jean-Louis Lebris de Kérouac (éste era su verdadero nombre, pero como él mismo reconoce en la novela: “uno no puede moverse en América o enrolarse en la Marina Mercante llamándose Jean”) sentía un gran interés por hallar sus ancestros, procedentes de Bretaña antes de esparcirse por tierras de Escocia, Gales, Irlanda, Canadá y EEUU. Tal vez este viaje fuera una excusa para sentirse menos solo, o puede incluso que para encontrar algo de compasión en un mundo incomprensible en el que su frustración se diluía en alcohol desde las primeras horas de la mañana.
El escritor norteamericano, demuestra con Satori en París estar por encima de la figura de un “simple” beatnik, tanto por su bagaje cultural, como por su sensibilidad de poeta (las etiquetas muchas veces reducen la visión de un artista a un mero nombre obviando otros aspectos que enriquecen su figura). Puede que ésta no sea una novela mayor, pero sí que contiene no pocas cualidades para los amantes de Kerouac, además de todo aquel que quiera comprobar una mirada desmitificadora de la Francia de los años 60 y del movimiento beat. Esta novela, que no deja de ser un viaje de aprendizaje o incuso una versión del mito de Ulises regresando a Ítaca, queda muy alejada de las iniciáticas experiencias de los años 50 repletas de emociones y fuerza vital. Aquí, el desencanto, el inicio de la vejez subyace en cada una de las “aventuras” de Kerouac. Lo peor de todo tal vez sea constatar que el autor de origen canadiense tenía dificultades para encontrar un “sitio” en el mundo, atrapado en una jaula enorme, la de la sociedad capitalista en pleno desarrollo. Por ello Satori en París refleja esa nostalgia tan patente en sus estampas poético-narrativas a modo de capítulos. Véase este fragmento como ejemplo:
“Me encontraba a la deriva en la más cerrada oscuridad, en la niebla, los locales cerraban. (…) Pregunté a todo el mundo por un hotel. Ahora nadie parecía saber.
(…)
¿Qué nos queda en las calles?
Milagrosamente tropecé con una docena de reclutas de la Marina que cantaban a coro canciones marciales en una esquina. Me dirigí a ellos, escudriñé al cabecilla y me arranqué con mi afonía de barítono borracho y afónico: ‘Aaaaaaaah’
(…)
Y allí, al otro lado del primer coro, bajo la niebla y el rocío, estaba Brest, Bretaña. Luego dije ‘Adieu’ y me alejé. No dijeron palabra.
Algún chiflado con chubasquero y capucha”.
El autor de Los vagabundos del Dharma siempre busca el consuelo en los callejones oscuros, la ternura en las conversaciones con los barman, incluso la compasión de las personas por encima del arte: “da igual lo enriquecedores que lleguen a ser el arte y la cultura porque sin compasión no sirven para nada”. No hay que olvidar que los beats eran, como dijo el crítico Al Aronowitz, mentes lúcidas que sabían ver más allá de la superficie de la estructura social y política, sin embargo, no pudieron –o no supieron- cómo cambiar las cosas, siempre fueron una generación vencida por el hastío.
Una de las causas por la que Kerouac es un gran escritor, es debido a que sabe sacar jugo donde para otros no lo hay; así, lo que podría resultar un relato de viajes insulso, acaba convirtiéndose, poco a poco, en cada página –y en cada silencio-, en un relato que conjuga humor y poesía. Kerouac no diferenciaba entre poesía y narrativa, por eso algunos párrafos contienen un hálito de luz, de tristeza o de emoción más propio de sus haikus. Ahí radica el mayor interés de este libro.
Otro aspecto que llama la atención de Satori en París, es el humor, patente en los sutiles y divertidos juegos lingüísticos que entabla con la lengua francesa, sobre todo a nivel fonético, no olvidemos que Kerouac emprende este viaje para intentar encontrar sus ancestros bretones. (Por cierto, que el gran Jack no andaba perdido del todo en relación a la importancia de su ilustre apellido, pues hay una interesante y sorprendente página web llamada “L’Assosiation des Familles Kirouack Inc” que, tanto en francés como en inglés, permite conocer la familia de este apellido, entre ellos, cómo no, Jack Kerouac). El autor de Massachusetts también ironiza sobre las diferencias culturales entre Francia y EEUU y Canadá, sobre la incomunicación y sobre sí mismo, de quien se ríe continuamente y sin disimulo. Pero la ironía es para Kerouac un poso de amargura disimulada con coñac. El desencanto del “viejo” Kerouac se ve acrecentado al descubrir que París no es la ciudad que seguramente pensaba, que de la época del París bohemio de antaño solo quedan cenizas (¿tal vez como una imagen de su propia vida?). Lejos quedan los años locos y emocionantes de En el camino. Satori en París refleja, como una mirada en el espejo, la caída ya inminente del rey León.
Al final de la novela, el cansado Ulises-Kerouac quiere volver a su querida Ítaca-Florida, su morada, tal vez hastiado del mundo y de sí mismo, viejo, alcohólico, derrotado por una sociedad demasiado arisca para su tremenda e incomprendida insensibilidad.
(Reseña publicada originariamente en www.deriva.org).

miércoles, 4 de agosto de 2010

Burroughs & Kerouac: la literatura beat no ha muerto




Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, de William S. Burroughs y Jack Kerouac (Anagrama, 2010, Traducción de Fernando González Corugedo).
Se sabía que había por ahí un libro escrito por William S. Burroughs y Jack Kerouac (la propia mitología beat se había encargado de alimentar la expectación), pero no se tenía la certeza de que se fuera a publicar, de manera que la leyenda sobre el germen de la Beat Generation llega por fin a los lectores. Escrita en el año 1944 bajo los pseudónimos de William Lee y John Kerouac, esta novela, basada en el asesinato que perpetró Lucien Carr a su amigo David Kammerer, permanecía guardada en un baúl durante más de 60 años. Carr, además de amigo de Burroughs, Kerouac y Ginsberg, era un joven poeta de 17 años que se sentía acosado por su amigo Kammerer, que casi lo doblaba en edad, hasta que un día decidió deshacerse de él. Burroughs y Kerouac vieron un filón en esta historia para escribir su primera novela, pero, por respeto a Carr, decidieron no publicarla hasta después de su muerte. (El epílogo firmado por el editor y albacea de Burroughs, James W. Grauerholz, es realmente jugoso y aporta clarificadores datos sobre las distintas vicisitudes en que se vio envuelto el manuscrito, así como reconstruye los hechos en torno al asesinato de David Kammerer por parte de Lucien Carr).
Seguramente, el mayor atractivo de Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques es la tentación de descubrir cómo se fraguaban los estilos y las miradas de los autores de El almuerzo desnudo y En el camino. Burroughs tenía por entonces 30 años y Kerouac 22 y no parecían tener todavía muy claras las cosas, aunque ya se perfilan sus mundos literarios.
Gracias al narrador bicéfalo, Dennison/Burroughs y Ryko/Kerouac, podemos apreciar rasgos que suponen la base literaria de ambos escritores, desde la mirada crítica y desengañada del sueño americano, descrito por Dennison/Burroughs hasta la pasión por el viaje y la incorruptible soledad existencial de Ryko/Kerouac. La ambivalencia en los capítulos se resuelve de manera natural y hasta se lee de manera fluida, si bien, no está a la altura de sus grandes novelas. Aún así, brillan algunas descripciones sagaces y asoman -tal vez con un desarrollo incipiente y poco maduro, pero ya visible- algunas cuestiones persistentes en la literatura beat como la búsqueda de sentido, la nostalgia por la inocencia, el rechazo a los valores establecidos o el consumo de drogas y alcohol como expresión de libertad. Todo ello en un Nueva York ensombrecido por la II Guerra Mundial y el desarrollo del capitalismo.
En mi opinión, se trata básicamente de un ejercicio literario a la vez que un divertimento. Me viene a la cabeza Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce la novela escrita entre A. G. Porta y Roberto Bolaño (que también es una suerte de novela policial mezclada con otros subgéneros y en la que resuenan ciertas influencias beat), donde, a pesar de la mezcla y la inmadurez, se adivinan construcciones y miradas que más tarde desarrollarían ambos autores en sus respectivas carreras literarias. En todo caso, una cosa está clara: éste es el germen de la Beat Generation.


Kerouac en la carretera. Sobre el rollo mecanografiado original y la generación beat, Howard Cunnell, Penny Vlagopoulos, George Mouratidis y Joshua Kupetz (Anagrama, 2010)
Y por si fuera poco, hace tan solo unos meses, también en Anagrama se publicaba Kerouac en la carretera. Sobre el rollo mecanografiado original y la generación beat, un interesante libro sobre Kerouac y sus procesos de escritura, más concretamente sobre las distintas versiones de On The Road y sus “mutaciones discursivas”, desde Visiones de Cody (aprovecho para reclamar que esta novela descatalogada sea reeditada) hasta la versión mutilada y “arreglada” que sería publicada finalmente y que todos conocemos, con el título de En el camino, mostrando la complejidad de la composición de la escritura de Kerouac, así como las trabas del mundo editorial en pos del tirón comercial.
Ningún buen escritor escribe sin corregir (lo cierto es que cuando leí la primera vez En el camino me pareció una novela muy bien escrita, y por ello nunca me creí ese rollo del rollo manuscrito y que si Kerouac escribía improvisando). Por ejemplo, poca gente sabe que entre el primer manuscrito de On The Road y la versión publicada por Viking Press de 1957 hay una separación de casi 10 años. ¿Es entonces, Kerouac, un autor que improvisaba? La pregunta, que dedico a muchos críticos de estos últimos años, es evidentemente retórica. Muchas veces lo que podría parecer crítica literaria no es más que sociología literaria –a veces incluso, publicidad literaria- y se soslayan cuestiones fundamentales para entender un texto o un autor, seguramente debido a la ineficacia del crítico o simplemente porque este no conoce bien los textos, algo que en mi opinión, siempre hemos sufrido en España con autores como Jack Kerouac. Este libro, viene al menos a suplir una carencia importante sobre un escritor devorado por su imagen y muchas veces infravalorado, acercando algunas cuestiones vitales para comprender no solo su manera de escribir, sino también su intento de ubicarse en el mundo y buscar una “mirada” personal y única en la literatura.
Son cuatro ensayos, y seguramente sobresale el primero, el más largo y a la vez completo, firmado por Howard Cunnell, “Jack Kerouac y la redacción de En la carretera”, que ahonda en la importancia del complejo proceso de escritura de Kerouac y las innumerables versiones que sufrió la novela, así como muestra sus adversidades ante el inflexible y raras veces arriesgado mundo editorial (máxime en una época de gran conservadurismo). Los otros tres ensayos a la vez que complementan el primero, amplían la lectura de la obra de Kerouac, ofreciendo itinerarios críticos, desde la experimentación del lenguaje hasta la búsqueda de lo auténtico y la influencia de Neal Cassady pasando por la búsqueda de la identidad (sobre esta problemática, tenemos precisamente publicado hace poco tiempo en España una de las últimas novelas de Kerouac, Satori en París, donde podemos comprobar cómo al final, este es el su gran tema literario). El libro, finaliza con un apéndice impagable, una bibliografía crítica titulada “Lecturas recomendadas” sobre nuestro autor, eso sí, en inglés, y con las escasas traducciones al español. Para cualquier lector de Kerouac este libro es muy recomendable.
(Reseña publicada en www.deriva.org).