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jueves, 24 de julio de 2014

Georges Perec: ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?


¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?, de Georges Perec (Ed. Alpha Decay, 2009, traducción de Marisol Arbués y Hermes Salceda con la colaboración de Mercé Burrel).

Georges Perec es uno de los escritores más reveladores de la segunda mitad del siglo XX, y su legado todavía depara algunas sorpresas, como esta novelita gamberra, lingüística y política que es ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?, inédita hasta ahora en español.

El argumento (¿qué significa esta palabra para el autor de Especies de espacios?) se reduce a un grupo de amigos que vive en París en la época gaullista, en el momento en que sucede la guerra de Independencia de Argelia (1954-1962), que pretendía librarse de la represión y colonización francesa (algo que llevaba ocurriendo desde nada menos que 1830). Entre ellos se encuentra Karamanlis (también conocido como Karatoro, Karagüevo, Karagandhi, Karapaleto y de muchas otras maneras) que es llamado para ir a la guerra de Argelia, sin embargo, él no quiere participar en ella e intenta buscar la manera de librarse, pidiendo a sus amigos que le rompan un brazo. Pero los amigos de Karalelepípedo, aunque quieren ayudarlo, son conscientes del riesgo que conlleva lesionarlo, como ser perseguidos por la justicia.

Destacan ante todo dos aspectos muy comunes en Perec; el humor y el juego (y su imbricación). En la comicidad, en la narratividad llena de giros y repeticiones, en los neologismos, en el ritmo marcado, pareciera que el autor de La vida instrucciones de uso quisiera emular a Witold Gombrowicz (si hubiera un escritor que pudiera acercarse al empleo del lenguaje renovador del polaco, ese es precisamente Perec, por cierto, y aunque sea una bagatela, también de origen polaco). La novelita de Perec puede tomarse como una provocación (porque lo es), pero también como una proclama política antibelicista (porque también lo es), así como por una obra lúdica desde el propio plano de la lengua y su uso llevado al límite de la parodia y el humor. La escritura de Perec está llena de matices, de significados sutiles, como en su obra W o el recuerdo de la infancia, donde resulta imprescindible para la comprensión de la historia que se cuenta el componente autobiográfico del autor, así como los entresijos de la 2ª Guerra Mundial y las consecuencias que tuvo no solo en Europa, sino en su propia familia. Por ello, nada es obvio y la lectura atenta será recompensada.

La traducción, que en este caso adquiere una realidad aparte como hecho literario, dada la complejidad y riesgo que conlleva su ejecución es fluida y fresca, lo que se agradece ante un texto original escrito en un francés extraño, con vulgarismos, anacronismos, neologismos, es decir, un texto perecquiano al máximo. No olvidemos que el autor de La vida instrucciones de uso escribió una novela sin la letra “e” (que en español fue adaptada sin la letra “a”), después añadió un contrapunto con un relato empleando solo esta misma vocal, y siempre buscó extender al máximo el espacio narrativo, tanto a nivel lingüístico como narratológico y demostró ser un autor malabarista y juguetón así como "serio" al más puro estilo Flaubert o Kafka, dos de sus máximas influencias.

Podríamos pensar que Perec, en su faceta más gamberra y experimental, escribe una novela con la excusa de jugar con el lenguaje, como dice el narrador: “y diréis vosotros que pa qué escribo si no tengo ni idea: cuando uno quiere escribir, hay que tener lo que hay que tener: vocabulario”. Y no le falta razón, pero se trata de otra broma perecquiana, porque el trasfondo es serio y hasta real, con una Francia presidida por De Gaulle que luchaba contra Argelia después de 120 años de que el país galo invadiera el país africano (poca gente sabe que, por ejemplo, murieron solamente en París entre 100 y 200 argelinos en manifestaciones a manos de la policía, y que todavía hay gente hoy día que recuerda ver cadáveres flotando en las aguas del río Sena). En este sentido, Perec es doblemente rebelde, uniendo los planos de la forma y el contenido de manera sugerente y divertida.

Y por si fuera poco, Perec da otra vuelta de tuerca a su peculiar manejo de la lengua y de la estructura novelesca y aprovecha para gastarnos otra broma al recoger al final de la novelita un “Índice de las flores y los ornamentos retóricos y, más exactamente, de las metábolas y las parataxis que el autor cree haber encontrado en el texto que se acaba de leer”.


(Reseña publicada originariamente en www.deriva.org en 2009 y retocada ligeramente).


domingo, 10 de febrero de 2013

Georges Perec: tentativa de agotamiento de un lugar parisino



Tentativa de agotamiento de un lugar parisino, de Georges Perec. Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 2012. Traducción de Maurici Pla.

Los libros de Georges Perec son inclasificables, y sin embargo, este librito es un intento de clasificar distintos acontecimientos, situaciones y objetos, de un rincón de París. Georges Perec asumió este experimento durante tres días del mes de octubre de 1974, ubicándose en distintos puntos de la plaza de Saint-Sulpice a distintas horas del día, mientras anotaba lo que veía. Imaginemos que cualquiera de ustedes se sienta en una plaza o tras un ventanal de un café o un hotel y se dispusiera a observar todo cuando acontece en ese rincón. Como escenas de una película casi muda (aunque con sonido ambiente), usted podría no solo mirar, sino anotar las cosas que le llaman la atención. Durante esos minutos, usted sería alguien privilegiado, pues esa plaza, una parte pequeña y casi ínfima de la ciudad, estaría a sus pies y usted repararía en detalles ínfimos sobre los que nadie más fijaría su atención. La vida está llena de momentos que solemos obviar, y Perec se encarga en Tentativa de agotamiento de un lugar parisino de demostrarlo.

Si alguien se asoma a este libro con curiosidad, encontrará no pocas excusas para comparar objetos, comportamientos o situaciones con la actualidad y comprobará cómo ha cambiado la configuración de la vida de una calle parisina, madrileña o mexicana de 1974 con respecto a la actualidad. Por ejemplo, se me ocurre pensar que tal vez en estos tiempos, las librerías o pequeños comercios serían sustituidos por tiendas de móviles, bancos o franquicias de ropa… Y tal vez sea ese uno de los objetivos del autor francés: minusculizar la realidad y detenerla para, con el paso del tiempo, constatar cómo se ha ido transformando.

¿Qué es la ciudad sino una suma de pequeños objetos, y qué es el hombre moderno sino un cúmulo de anodinas experiencias cotidianas? Perec, que decía en su novela W o el recuerdo de la infancia: “Ahora, los recuerdos existen, fugaces o tenaces, fútiles o pesados, pero nada los pone en orden”, trata de reconstruir el vacío en la mayoría de sus libros. En algunos casos el vacío lo constituye una letra; en otros, un recuerdo; en Tentativa de agotamiento de un lugar parisino, el vacío es el tiempo en su momento presente, ligado al espacio urbano. Todo cuanto sucede desde el rincón de Perec, es cuidadosamente anotado, precisamente porque es banal y porque además desaparece al instante. Y eso, que parece una experiencia vacía, constituye por sí mismo un intento de recuperar la vida. Muchas veces la realidad cotidiana se nos escapa, pero está repleta de momentos anodinos que acaban conformando “lo que ocurre cuando no ocurre nada”.

Perec define muy bien la concentración del espacio urbano que contiene “varias decenas, varios centenares de acciones simultáneas, de microacontecimientos, que implican cada uno de ellos posturas, actos motores, gastos de energía específicos”. Eso es la vida en la gran ciudad, el agotamiento de las acciones, de los actos físicos, de los recorridos y los movimientos. El observador es un narrador en tercera persona testigo, y ese es otro de los atractivos de este libro, pues en la frialdad de esa lejanía del sujeto-narrador se asienta la esencia del voyeur, del verdadero narrador que contempla sin llegar a participar en la acción. A su vez, se trata de un ejercicio puramente descriptivo, algo constante en la obra Perec, pues en ese detallismo aparentemente clínico se concentra una mirada incisiva y poética de la realidad. A veces, en esa anotación de acontecimientos cotidianos, se vislumbran reflejos del sentido de la vida: “Lo demás parece aleatorio, improbable, anárquico. Los autobuses pasan porque tienen que pasar”. 

Para Perec, muchas veces lo no literario forma parte de lo literario, y al revés. Si lo pensamos bien, este libro, así como otros del autor francés (tales como Me acuerdo, Especies de espacios o Lo infraordinario) son radicales –todavía hoy- en sus propuestas, por cuanto tiene de antiliterario, por cuanto es capaz de aglutinar su literatura.

Merece una mención aparte la cuidada edición de la editorial Gustavo Gili, curiosamente –o no tan curiosamente-, una editorial de arquitectura, diseño, moda, arte y fotografía.

martes, 10 de enero de 2012

Perecquianas: Los recuerdos según Georges Perec


No tengo recuerdos de infancia.

*

Los recuerdos son trozos de vida arrancados al vacío.

*

No sé si realmente yo he vivido este accidente o si, como ya se ha visto otras veces, lo he inventado o lo he pedido prestado.

*

Ahora, los recuerdos existen, fugaces o tenaces, fútiles o pesados, pero nada los pone en orden.

(Georges Perec, W ou le souvenir d'enfance, Paris, Éditions Denoël. 1975. Traducción de C. H.).

jueves, 13 de enero de 2011

Tentativa de agotar un lugar perecquiano



La exposición “Pere(t)c tentativa de inventario” de la Fundación Luis Seoane de La Coruña (la mayor hasta la fecha realizada sobre Georges Perec) es un auténtico homenaje al autor de La vida instrucciones de uso. No es aconsejable solo para cualquier aficionado a su obra (para estos, se me antoja imprescindible), sino para cualquier curioso que busque capacidad de juego y sorpresa, además de fusión de distintos lenguajes artísticos (narrativa, poesía, cine, vídeo, fotografía, matemáticas, etc).

No es posible agotar los lugares creados por Perec. No lo es, porque sus espacios son infinitos y porque su imaginación desborda los límites de la creación literaria. Desde una calle parisina como símbolo del paso del tiempo y de la muerte, hasta las múltiples posibilidades de la página en blanco: las tentativas de Perec por ampliar los espacios de la realidad son un ejemplo de lo que la literatura puede dar de sí. Ya que el tiempo todo lo devora, el espacio permite poder mirar el tiempo a través de sus transformaciones, y esa es una de las ideas sobre las que se levanta la literatura de Perec, una literatura minúscula y mayúscula al mismo tiempo, repleta de resonancias y espejos dentro de otros espejos.

Desde Me acuerdo hasta La vida instrucciones de uso; desde W o el recuerdo de la infancia, hasta Tentativa de agotar un lugar parisino, la literatura de Perec es un intento de recrear la memoria (la que perdió siendo niño cuando desaparecieron sus padres) y recuperarla por medio de la literatura. De ahí su afición por enumerar, por inventar islas y viajes disparatados, desapariciones de vocales o descripciones de plazas donde no ocurre nada extraordinario, porque lo infraordinario es lo que marca el proceso de la vida y su pequeñez resulta extraordinaria.

Destaca en la literatura de Perec la importancia de los objetos y por ello los enumera constantemente, porque los objetos son museos minúsculos, pequeños símbolos de la vida de las personas. Para el autor de Un hombre que duerme, esas pequeñas cosas del día a día constituyen el arte de lo cotidiano (¿acaso porque en lo cotidiano se esconde un destello de la muerte?). Su primera novela, Las cosas, muestra cómo se puede contar una historia a partir de los objetos. Lo infraordinario (ver reseña aquí abajo) juega con inventarios de cosas (desde postales, hasta alimentos). La vida instrucciones de uso describe un edificio donde los objetos están dispuestos en función de los personajes que los poseen. Es la descripción el eje sobre el que se vertebra el discurso perecquiano. En sus novelas y relatos, parece que no pasa nada, y la narración es prácticamente sustituida por la descripción. Por eso escribió Especies de espacios, un libro inclasificable, a pesar de que intenta clasificar los espacios urbanos más propios del hombre y su relación con la literatura y el uso del lenguaje.

En la exposición “Pere(t)c tentativa de inventario” puede comprobarse no solo la importancia de los objetos y los espacios cotidianos en la obra del francés, sino también cómo su literatura transciende los límites marcados por la tradición y cómo tiende puentes con la pintura, el vídeoarte, el cine o la fotografía, lo que demuestra que Georges Perec, además de ser un gran escritor, también es un autor actual, cuya sombra, me temo, será alargada durante mucho tiempo, pues parece que el comienzo del siglo XXI le ha sentado muy bien a sus libros, al menos en el mundo hispánico (por algo, se están traduciendo textos inéditos hasta la fecha, así como actualizando otros títulos que ya habían sido publicados en español anteriormente). Al acabar la exposición, parece como si uno se hubiera empapado de Perec, pero a la vez, le faltara algo de Perec. Porque los lugares perecquianos son inagotables.


(Más información sobre la exposición aquí).




Fotografías de María González Montero

martes, 11 de enero de 2011

Lo infraordinario, de Georges Perec


Lo infraordinario, de Georges Perec (Impedimenta, 2008, Traducción de Mercedes Cebrián).

Georges Perec fue descrito por Italo Calvino como “una de las personalidades literarias más personales del mundo, al punto de que no se parece a nadie en absoluto”. Entre las muchas cualidades que atesora Perec, destaca el sutil manejo de la lengua al servicio de la sugerencia y la elasticidad, así como la facilidad para tematizar elementos aparentemente poco (o nada) literarios, gracias a su particular visión de la realidad y al tratamiento que adquiere el discurso narrativo, ahondando en la relación entre el propio lenguaje y la realidad más física de las cosas que nos rodean. (En este sentido habría que hablar también de la buena traducción de Mercedes Cebrián que ha sabido trasladar al español la pulsión de la lengua francesa perecquiana).

Teniendo en cuenta que Lo infraordinario no es una novela ni un libro de relatos, podría considerarse como una obra menor, pero lo cierto es que este libro se parece más a un dietario donde el autor poetiza a partir de insignificantes detalles cotidianos que podrían resultar anodinos y hasta banales (por un lado lo son), pero que encierran un anhelo de empatía y trascendencia, ya que todos vivimos la vida cotidiana muchas veces obviando las pequeñeces que posteriormente desaparecen y acaban conformando una muestra de nosotros mismos (porque todos somos “fragmentos” y “vacíos”). Y de eso trata este libro, de intentar recuperar esos pequeños sucesos, de reconstruir la realidad por medio del lenguaje.

La temática es variada y casi inexistente, siendo un texto cercano a esa “especie” de libros inclasificables a la que pertenecen Especies de espacios y Me acuerdo, dos libros distintos pero que también muestran una de las mayores preocupaciones de Perec, la distancia entre el lenguaje y la realidad y el intento de catalogar lo imposible, lo perdido, lo inaccesible para el hombre. Así, dentro de Lo infraordinario, encontraremos escritos dedicados a la imposibilidad de volver al pasado, donde el único afán de acercarse a esa “desaparición” es enfrentarse a la lejanía y jugar con ella a partir de las huellas. En ocasiones, la pluma mágica de Perec brilla con su escritura fragmentaria y lúdica, como en el texto titulado “Rue Vilin”, un pedazo de vida del propio Perec que muestra su intento frustrado de recuperar su pasado, pues como ya decía en su novela W o el recuerdo de la infancia: “el pasado son recuerdos arrancados al vacío”. Perec visita la rue Vilin para cerciorarse de que la calle donde vivió sus primeros años sigue ahí, a pesar de los cambios y la sordidez que brota en cada esquina. Sin embargo, asistimos a una visión de los cambios que sufre esa calle a lo largo de varios años, pero donde se constata que esa realidad (una calle desolada y llena de edificios abandonados y comercios cerrados) es la imagen del pasado y de la memoria del propio Perec. Otros textos pueden resultar más tediosos o reiterativos, si bien, conservan su halo juguetón como es el caso de “Doscientas cuarenta y tres postales de colores auténticos” y “Tentativa de inventario de los alimentos líquidos y sólidos que engullí en el transcurso del año mil novecientos setenta y cuatro”; el primero, una recopilación de postales veraniegas escritas en tres líneas, sin artificios literarios ni mayor interés que el de comunicar lo bien que uno está de vacaciones, porque la intensidad de la vida se pierde casi en el mismo instante en que se vive, de ahí el afán de escribir “insulsas” notas de postales, haciendo uso del sentido que tienen esas postales, que algún día podrán servir como huellas de una realidad perdida. En el segundo, el autor francés cataloga todos los alimentos y bebidas engullidas por él durante el año citado, en un intento imposible de detener el tiempo y fotografiar cada instante. Perec juega constantemente con la poeticidad borgeana de la recreación del pasado y de los recuerdos, y la creación de la identidad a partir del espacio y la memoria. Para alguien que ha perdido a sus padres en la guerra cuando era tan solo un niño, el pasado es un montón de edificios vacíos apilados en una calle, como la rue Vilin.

La importancia que tiene para Perec nombrar las cosas y reconstruir el pasado, es evidente en el capítulo titulado “Alrededor de Beaubourg”, donde el narrador aborda el espacio contiguo al museo de arte Georges Pompidou de París, reconstruyendo parte de la historia de las calles y barrios colindantes, a la vez que describe a modo de postales costumbristas a la gente y los comercios que cercan el gran museo de arte moderno parisino. Similares tentativas encontraremos en escritos dedicados a sus paseos por Londres y el atractivo interés que tiene para el autor esta ciudad, o la original descripción de la palabra “oficina” (bureau en francés) y sus múltiples acepciones y usos, que muestra una visión irónica y ácida sobre el capitalismo. Al final, Lo infraordinario pertenece a esa “especie” perecquiana que diluye los géneros, formando fragmentos de una autobiografía. Perec no tiene historia, o al menos la historia de su infancia fue truncada por el nazismo y esa brecha biográfica supone el “vacío” sobre el que volverá una y otra vez a lo largo de su obra.

Perec es uno de los mejores escritores de la segunda mitad del siglo XX porque ha sabido conjugar en su poética una propuesta experimental, deudora de las vanguardias europeas de principios del siglo XX con la mejor tradición de la novela europea, cuestionando los valores de la sociedad, aunque tal vez su mayor logro sea ahondar en la situación del individuo enfrentándolo al vacío del pasado y al sinsentido de la vida cotidiana. Sin ser una de sus obras cumbres, Lo infraordinario puede ser una buena iniciación al mundo perecquiano y dejarse llevar por su sorprendente literatura.

(Reseña aparecida originariamente en www.deriva.org).