(Low Roar (feat. Jófridur Ákadóttir), “Bones”, Once in a Long, Long While, 2017. Banda Sonora del videojuego Death Stranding, Kojima Productions, 2020).
(Low Roar (feat. Jófridur Ákadóttir), “Bones”, Once in a Long, Long While, 2017. Banda Sonora del videojuego Death Stranding, Kojima Productions, 2020).
Cambridge
Nueva Inglaterra y la mañana.
Doblo por Craigie.
Pienso (yo lo he pensado)
que el nombre Craigie es escocés
y que la palabra crag es de origen celta.
Pienso (ya lo he pensado)
que en este invierno están los antiguos inviernos
de quienes dejaron escrito
que el camino está prefijado
y que ya somos del Amor o del Fuego.
La nieve y la mañana y los muros rojos
pueden ser formas de la dicha,
pero yo vengo de otras ciudades
donde los colores son pálidos
y en las que una mujer, al caer la tarde,
regará las plantas del patio.
Alzo los ojos y los pierdo en el ubicuo azul.
Más allá están los árboles de Longfellow
y el dormido río incesante.
Nadie en las calles, pero no es un domingo.
No es un lunes,
el día que nos depara la ilusión de empezar.
No es un martes,
el día que preside el planeta rojo.
No es un miércoles,
el día de aquel dios de los laberintos
que en el Norte fue Odín.
No es jueves,
el día que ya se resigna al domingo.
No es un viernes,
el día regido por la divinidad que en las selvas
entreteje los cuerpos de los amantes.
No es un sábado.
No está en el tiempo sucesivo
sino en los reinos espectrales de la memoria.
Como en los sueños
detrás de las altas puertas no hay nada,
ni siquiera el vacío.
Como en los sueños,
detrás del rostro que nos mira no hay nadie.
Anverso sin reverso,
moneda de una sola cara, las cosas.
Esas miserias son los bienes
que el precipitado tiempo nos deja.
Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.
(Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra, 1969).
Se podrían decir muchas cosas de esta obra estrenada en 1976, pero creo que ante todo se trata de un extraño, sorprendente y turbulento experimento fílmico, que alberga más de una interpretación, donde lo más importante es su lenguaje y la ambientación que desprende.
Dentro de un escenario industrial a la vez que sórdido, asistimos a una serie de escenas de la vida del protagonista, llamado Henry Spencer, quien tiene un hijo con su novia, pero resulta ser una cosa inhumana, quejosa y desagradable (cada uno puede interpretarlo como quiera). Tiene un argumento un tanto kafkiano, que, sin embargo, sirve para desplegar una serie de mecanismos y situaciones insólitas. Así, uno de los elementos que llama más la atención de Cabeza borradora es la ambientación claustrofóbica, en un entorno industrial, junto al personaje protagonista, que se mueve de manera mecánica y que vive acciones que no son nada convencionales (como la famosa secuencia de la cena en casa de los madres de Mary X). También resulta enigmática la atemporalidad de la película, ya que no hay antecedentes ni referencias que nos permitan saber dónde y cuándo ocurre la historia. Por eso, y a pesar de la historia que subyace entre escenas aparentemente inconexas e inexplicables, al final quedamos fascinados por el mundo extraño descrito en el filme. Pero no es lo único novedoso que encontramos.
Por un lado, tenemos la fotografía en blanco y negro que se extiende hacia la abstracción, sin que apenas haya distinción entre luz y sombras, tan sólo figuras grises sobre fondos negros y en ocasiones sobre fondos y luces blancas. Tanto por su fotografía, como por el tratamiento del sonido, Cabeza borradora es sin duda un ejercicio experimental, alejado del cine comercial o tradicional y podría recordarnos a alguna obra literaria de Kafka o del absurdo, pero que, dentro del cine, apenas tiene antecedentes reconocibles.
El tratamiento del sonido es uno de los mayores logros de esta película. Como un leitmotiv, percibimos un continuo conjunto de soplos de calderas, ruidos industriales, chirridos, que ayudan a configurar una ambientación que llega a ser molesta, con cortes bruscos en escenas sonoras. Fue un logro no sólo de Lynch sino también del ingeniero de sonido Alan Splet, con quien trabajó en sus primeros largometrajes, y que ha propulsado un importante desarrollo experimental al sonido en el cine.
Por tanto, no es tanto el lenguaje como la atmósfera y ciertos tratamientos del lenguaje lo que supone una novedad. Como dice Michel Chion en su libro dedicado al director de Lost Highway (Carretera perdida), la utilización del lenguaje por parte de Lynch no es otra cosa que una aplicación personal de un lenguaje común. Y es esa aplicación personal lo que realza el interés de sus obras, que nos parecen tan fascinantes. En cuanto a la trama, el propio Lynch ha reconocido numerosas veces que sus películas no tienen por qué tener un sentido “narrativo”. Es cierto que se puede hilar una historia con un sentido, a pesar de las numerosas escenas que oscilan entre el surrealismo y el mundo onírico, pero Lynch siempre deja un halo de esperanza para relacionar imágenes y buscar interpretaciones –que las hay-, aunque acaso no sea su mayor propósito.
La película tiene asimismo un interés añadido, ya que podemos encontrar numerosas características que después Lynch desplegará a lo largo de su filmografía, como la utilización del sonido experimental, las escenas aparentemente inconexas, cierta apatía por parte de los personajes principales ante situaciones extremadamente inhóspitas, diálogos que rompen el sentido convencional de la comunicación o el tratamiento del sexo (aunque no es tan explícito como en otras películas). También llama la atención el prólogo del filme, que parece ligado al lenguaje desplegado en sus cortometrajes y mediometrajes, pero que, por otro lado, descubre algunas cuestiones que abordará en sus posteriores largometrajes, como la cabeza que sugiere ser el espacio que albergará la historia que vamos a ver, otorgando a la imaginación todo el poder de narrar. En Lynch –al igual que en Buñuel- la ambigüedad, la sugerencia, parte del espacio de los sueños, deseos, pensamientos, y normalmente tiene más importancia que la realidad más cotidiana y física.
Es difícil olvidar las secuencias del teatro en el radiador, que tanto interés ha tenido para numerosos críticos; es otro componente típicamente lynchiano, que introduce otras escenas que luego veremos en la serie Twin Peaks, con la “Habitación Roja” o la del teatro de Mulholland Drive; en todas estas escenas parecemos asistir a un no man’s land que sin embargo supone una pieza clave, si no para la interpretación de la historia, al menos para la desencadenamiento de los hechos.
Por todo ello Cabeza borradora sigue siendo uno de los filmes más enigmáticos de Lynch, una verdadera película de culto que todavía mantiene intacta su capacidad de sorpresa y su estilo tan personal.
(Reseña publicada originariamente para un monográfico dedicado a David Lynch en www.deriva.org en 2006).
(Kate Tempest, Let Them Eat Chaos, concierto emitido por la BBC. Subtitulado en español).
12
El cansancio no me ha dejado escribir, he estado tumbado en canapé con la habitación alternativamente fría y caliente, me dolían las piernas y he tenido unos sueños repugnantes.
13
Había un perro tumbado sobre mi cuerpo, una de sus patas junto a mi cara, eso me ha despertado, pero durante unos instantes he sentido un miedo horrible de abrir los ojos y ver al perro.
15
Por la noche, se me hincha el pie y me da fiebre. El alboroto de los conejos que corretean delante de la cabaña. Me levanto a medianoche y veo algunos de los conejitos sentados delante de mi puerta. Sueño que oigo declamar a Goethe, con una libertad y una arbitrariedad infinitas.
(Sueños, de Franz Kafka. Errata Naturae, 2010. Traducción de Iván de los Ríos).
Cartas de Sylvia Plath Vol. I (1940-1951). Tres Hermanas, 2020. Traducción de Ainize Salaberri.
Sylvia Plath es una de las poetas imprescindibles del siglo XX. Su poesía es deslumbrante, llega al estómago lo mismo que al cerebro. Además, su biografía, compleja y llamativa, ha ayudado a configurar la imagen de una escritora intensa y trágica como pocas. Sylvia Plath es una poeta maldita. Y con la publicación del primer volumen de sus cartas, el lector o lectora podrá comprender o acercarse un poco más a su interior, ese que fraguó obras determinantes como Ariel.
El volumen comprende el periodo desde su niñez hasta finales de 1951, cuando contaba con 19 años, aunque hay que señalar que no está dividido de igual manera que la edición original de Faber & Faber, pues en su edición anglosajona el primer volumen comprende hasta 1956. Afirman los editores de Tres Hermanas que los dos volúmenes de Faber & Faber quedarán distribuidos en la edición española en cinco. Habrá que esperar para tenerlos todos. Sí cabe resaltar que la edición está muy cuidada, con una gran cantidad de notas que informan sobre quiénes son los destinatarios de las misivas, así como otros datos que ayudan a clarificar el mundo biográfico alrededor de Plath.
Dice la nota a la traducción al español que abre el libro que Sylvia Plath “ve con las palabras”, y no podía ser más acertada esta afirmación, pues la poeta de origen estadounidense ya sorprende con tan solo nueve años con poemas (que ya quisieran para sí muchos aprendices de poetas) y con unas epístolas llenas de hallazgos. Destaca un lenguaje culto y cuidado, de alguien que es superdotado en el uso de las palabras y es consciente de ello. Hay que decir que ya desde la primera carta se percibe a una poeta de verdad. Sí, con tan solo seis o siete años. Porque su manera de escribir y describir, de reflejar su percepción del mundo y de todo cuanto la rodea, es la de una poeta en su sentido más amplio.
Un ejemplo es este fragmento del poema que escribe a su madre en una carta el 20 de marzo de 1942:
Planta una pequeña almáciga
Mézclala con la lluvia, la granizada,
Revuélvela con la luz del sol,
Y las flores harán su llegada
Lo sorprendente no solo es su edad (nueve años), sino que uno vislumbra una mirada sobre la realidad y un uso del lenguaje que después desarrollaría con mayor acierto en sus obras importantes.
Resulta llamativo que una niña de apenas ocho o diez años ya tuviera una visión tan madura de la realidad, como si estas cartas confirmaran que había una base temprana sobre la que formarse la futura poeta. Por otro lado, y aun sabiendo que fue una mujer con numerosos problemas personajes que acabaron en un corolario dramático, en muchas de las epístolas abundan la ternura y el cariño hacia sus padres o seres queridos.
Es indudable el valor testimonial de las cartas, así como el carácter reflexivo e indómito que profesa la autora de La campana de cristal. Muchas cartas son enviadas a su madre, pero también a diferentes amigos e incluso a su padre (que moriría siendo ella una niña). La pequeña Sylvia pasaba mucho tiempo en campamentos y ella sentía la necesidad de comunicarse con sus seres más allegados. Resulta entrañable leer sus explicaciones a su madre sobre a qué jugaba, qué actividades realizaba, cómo gastaba el dinero o con quien se relacionaba. Hoy en día, podríamos pensar que los niños usarían whatsapp o videollamadas con sus padres, pero la capacidad de inmersión de la pequeña Sylvia en su vida cotidiana es notable.
El libro, además, contiene poemas que por un lado permiten observar la evolución de Plath, pero también evidencian su prontísima actitud poética. Plath era un animal poético ya desde niña. Por ejemplo, con quince años, era capaz de escribir versos tan misteriosos como estos:
“La extraña”
Anoche golpeó en mi cristal
Mientras pasaba,
Pero, orgullosa, no hice caso.
Yo no.
Pasó de nuevo cuando las nieves permanecían
Bajo la luna.
Lo escuché silbarse a sí mismo
Una melodía.
Y de nuevo, por tercera vez, se quedó cerca
De mi puerta cerrada.
Pronunció mi nombre y esperó igual
Que antes.
Cuando me levanté era tan tarde
Que se había marchado.
Y, bueno, ojalá le hubiese preguntado,
¡Si quería quedarse!
Este libro ayuda a desentrañar cómo era Plath por dentro, si bien podría pensarse que, como textos que son, pueden contener una postura o una construcción de un personaje que pretende ser percibida de una determinada manera, que intuye que ya es escritora y que alguna vez será leída por otras personas.
Finalmente, diría que este libro no es solo para los lectores de Sylvia Plath: puede ser también un perfecto comienzo para acceder a una de las escritoras más fascinantes del siglo XX.