viernes, 27 de noviembre de 2015

Compañía, de Cristina Cerrada





Cristina Cerrada ha irrumpido en el panorama literario español hace tan sólo un año y ya tiene dos importantes libros de relatos: Noctámbulos (2003) y Compañía (2004), con sendos premios en la editorial Lengua de Trapo. Y es que Cerrada tiene la cualidad de escribir verdaderos relatos. Me explico: este género, tan apreciado en Hispanoamérica o Estados Unidos, donde la mayoría de los escritores comienzan escribiendo cuentos, e incluso tienen un espacio exclusivo para su cultivo en revistas especializadas del género, supone además un acicate para el lector que está perfectamente familiarizado a leerlos. En España, este género suele seguir tres líneas: una, menos numerosa, con escritores “de raza”, concediendo al cuento una importancia similar a la de América, como Quim Monzó; otros que aun siendo importantes novelistas, de vez en cuando publican libros de cuentos, y hasta escriben textos notables (como Javier Marías); y otros que casi por obligación de editoriales o suplementos dominicales se ven forzados a escribir un cuento, sin la tensión que este género requiere. Esto prueba dos cosas: que este tipo de narraciones suele estar destinado para públicos especializados, pero también confirma que la Industria de la novela acapara toda la atención y se come a esos otros géneros “menores” como son el cuento, la poesía y el teatro, menospreciándolos claramente. Bien, pues autores como Cerrada suponen una reivindicación para este género infravalorado.

Si en su primer libro Noctámbulos Cerrada se abría al mundo editorial y lector con una carta de presentación notable, ahora con Compañía demuestra que no fue una casualidad. Los relatos de Cerrada son claros herederos de la línea tan fecunda que va desde Chejov y Joyce hasta John Cheever o Raymond Carver. Hay otros escritores, la mayoría norteamericanos (como Richard Ford, Sam Shepard o Tobias Wolff) que también se mueven por esa línea en la que relatan vidas anónimas, escenas cotidianas que aunque aparentemente insulsas están llenas de intensidad y de significación, como modos de vida, como comportamientos humanos. En esta línea se inscribe Cerrada, que si bien no oculta su influencia por Carver, tiene ya una voz personal, con un tratamiento del lenguaje que oscila entre lo elíptico y el realismo sucio. Asimismo, domina algunos de los elementos más importantes de los relatos como son la síntesis, la intensidad y las elipsis. También se muestra ducha en los diálogos, que saben ajustarse al desarrollo del cuento. Hay textos que podrían servir como modelo para construir relatos (no en vano Cerrada es profesora en un importante taller literario) como “Tatuaje”, “Naturaleza muerta” o “Amnesia”. Son historias de perdedores, seres frustrados, personajes a la deriva que buscan una compañía, un tronco al que agarrarse en medio del océano desierto. La incomunicación, la soledad o la impotencia para resolver los propios problemas y la huída son algunos temas que se repiten a lo largo de los distintos textos. Si algo se le puede achacar es que tal vez sus relatos no sorprenden, pero por el contrario están muy bien escritos y reflejan la vida de la mayoría de los mortales que tampoco suele ser sorprendente.

Como decíamos, destacan los relatos al modo carveriano, en aquello que decía Ricardo Piglia en su interesante libro Formas breves hablando de la teoría del iceberg de Hemingway, sobre las dos historias que hay en un cuento, una exterior que se aprecia en el discurso, y otra invisible o secreta, que se alimenta de lo sobreentendido o la alusión, con lo que tiene que emplearse a fondo la sutileza y la destreza del escritor. A veces una frase, un comentario supone la clave del relato, la llave que abre el rompecabezas, o si se quiere, la llave que abre el sentido del cuento. En otras ocasiones, lo que destaca es la construcción del ambiente o el tono lo que desencadena la clave de la historia.

También son numerosos los cuentos que manejan una historia que a su vez tiene una proyección a modo de espejo, de símbolo, centrándose en un objeto cotidiano. Es el caso de “Naturaleza muerta”, en donde un hombre ha robado una naturaleza muerta y la mira mientras su vida parece estancada, u “Hormigas” donde estos pequeños insectos incomodan a la protagonista que ve cómo su marido y su suegra viven impertérritos ante una situación vacía e inmersa en la incomunicación. La presencia de un objeto a veces es más reveladora que la propia historia narrada. Como en el cine de Ozu, un detalle supone una proyección de un estado de ánimo o de la propia historia. Esto tiene el riesgo de que a veces se puede abusar de la poeticidad del símbolo, unas veces por resultar evidente y otras por terminar siendo inconexos, pero Cerrada lo resuelve en la mayoría de los casos con buen manejo.

(Reseña publicada originariamente en www.deriva.org en 2004 y modificada ligeramente).

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