miércoles, 22 de diciembre de 2010

Kafka, lector de Dostoievski


Memorias del subsuelo forma parte de esos libros de finales del siglo XIX y principios del XX, que, sin pertenecer a la estirpe de las “grandes novelas” (Madame Bovary, La Regenta, Los hermanos Karamazov, etc), brillan por su agudeza y profundidad, y sobre todo, por adelantarse en varios aspectos al absurdo de Kafka, Gombrowicz o Beckett. Entre esas novelas o relatos, tenemos Bartleby el escribiente de Herman Melville, Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert, Los duelistas de Joseph Conrad y por supuesto, Memorias del subsuelo, de Fiodor Dostoiveski, publicada en 1864.

Lo sorprendente de estas obras es que ya tratan de manera más o menos incipiente el absurdo en varias de sus formas, al dibujar al hombre en un contexto que lo abruma y lo convierte en un pelele. En el caso de Memorias del subsuelo, Dostoievski desarrolla la conciencia del hombre como único sostén de libertad, y sin embargo, anzuelo para que el hombre se sienta atrapado. Todo ello contado por un narrador irónico y desesperado, algo, por cierto, muy propio del siglo XX. Un narrador que finta, amaga, abre un camino y después lo prende. ¿No es eso la novela moderna, cuestionar los límites de la verdad, poner al hombre contra las cuerdas y mostrarlo tal y como es: un pedazo de conciencia que se contradice continuamente?

Independientemente de los aciertos e intereses de esta novela (que son muchos), quiero destacar un aspecto que me ha llamado poderosamente la atención: la influencia de Memorias del subsuelo en dos obras claves del siglo XX: La metamorfosis de Franz Kafka (que comentaré aquí) y Ferdydurke de Witold Gombrowicz (que desarrollaré en otro artículo).

Veamos el comienzo del capítulo II de Memorias del subsuelo. Dice el narrador y protagonista: “Les apetezca o no escucharme, ahora quiero contarles por qué no pude ni siquiera convertirme en un insecto. Les diré solemnemente que muchas veces quise convertirme en un insecto. Pero ni siquiera eso logré”. Cuando leí este fragmento, pensé que Kafka lo había leído fascinado hacía muchos años y que entonces algo se encendió en su cabeza. El hombre del subsuelo es un ser humillado y piensa que si se convirtiera en un insecto, dejaría de tener conciencia, porque, como él mismo dice: “tener exceso de conciencia es una enfermedad”. Sin embargo, Kafka sí pudo logarlo, o mejor dicho, Gregor Samsa consiguió lo que tampoco el autor checo pudo hacer: convertirse en un insecto ante la indiferencia total de sus familiares, compañeros de trabajo y amigos, transformarse en un animalito ante la incapacidad de ser hombre en un mundo asfixiante y kafkiano. En el caso del hombre del subsuelo (recordemos que no tiene nombre, aunque bien podría llamarse K.), se trata de un burócrata o funcionario (como K. o Gregor Samsa) que por un lado, proclama ser superior y más inteligente que el resto de los mortales, pero por otro, sufre un importante complejo de ego. La diferencia más notable entre La metamorfosis y Memorias del subsuelo es que la primera, narra la transformación, mientras que la segunda, teoriza, y después visualiza el momento anterior a la metamorfosis. Recordemos el famoso comienzo de La metamorfosis: “Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de un sueño inquieto, se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto”. De manera que Kafka narra lo que el hombre del subsuelo había deseado. La idea estaba apuntada por Dostoievski, pero Kafka la desarrolló. Ambos personajes, el anónimo protagonista de la novela de Dostoievski y Gregor Samsa comparten su camino hacia la nada, su desesperación, su incomunicación con el mundo, su mundo como una pesadilla de la que no pueden despertar.


En las novelas de Kafka, los personajes están atrapados por las garras de un destino del que no pueden escapar. K. mira hacia el castillo (en la novela de mismo título) desde el camino repleto de nieve y lo ve lejano y envuelto en niebla, pero esa niebla, es la bruma del aparato burocrático que lo mantiene paralizado, la fuerza de los dioses que incapacitan al hombre en su intento de actuar con libertad. Tanto para K, como para el hombre del subsuelo, el mundo es algo inaccesible. “Usted no es del castillo, usted no es del pueblo, usted no es nada. Pero por desgracia usted sí es algo, un forastero, alguien que está de más aquí, que estorba allí donde va” le dice uno de los personaje a K. en El castillo. ¿No es esto lo que le ocurre al hombre del subsuelo cuando intenta establecer vínculos con sus excompañeros del colegio? Ellos se ríen de él y lo desprecian, le hacen saber que estorba. El hombre del subsuelo y Gregor Samsa, no son más que hombres sin atributos.

No es extraño, por tanto, que los protagonistas de ambas novelas compartan un microespacio vital cerrado, aislado del resto de la sociedad. Decía Voltaire aquello de: “Como no he conseguido hacer más sensatos a los hombres, he preferido vivir lejos de ellos”. El hombre del subsuelo parece cumplir esta reflexión, de ahí la importancia del “subsuelo”, como una madriguera que lo mantenga confinado. En el caso de La metamorfosis, Gregor Samsa vive recluido en su habitación, cuando ya, convertido en un insecto, se esconde de los demás: “Durante los catorce primeros días los padres no lograron superar su aversión y entrar en la habitación de Gregor”. La alegoría kafkiana viene determinada por la distancia que hay entre el propio Kafka y la sociedad. No olvidemos que el autor checo encontraba en su cuarto un reducto de libertad para escribir, aunque ni siquiera allí podía sentirse a gusto, como refleja en su relato “El gran ruido”. Porque el hombre, tanto en Dostoievski como en Kafka, no puede vivir alejado del resto de los hombres. Y ahí radica el principal conflicto. Kafka, que leyó a Dostoievski, seguramente comprendió este gran problema del hombre moderno.

1 comentario:

  1. Gracias, su blog me ha ayudado enormemente a relacionar estas dos obras, y con mi tarea de Literatura.

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