Hay tanto que decir sobre The Wire, y en especial sobre Omar
Little, que de momento, yo no puedo escribir nada, porque además, la potencia
de la serie habla por sí misma. Aquí vemos a Omar Little, unos de los
personajes no solo más famosos, sino también más carismáticos de la serie. Más allá de la riqueza del registro lingüístico del
personaje, resulta brillante lo que dice, en un momento –el actual- en el que
cada vez se pone más en evidencia al Estado, la corrupción y la idea de Justicia.
lunes, 11 de marzo de 2013
The Wire: Estado y justicia
viernes, 1 de marzo de 2013
Presentación de Road Movie
Road Movie comienza su andadura y el próximo martes 5 de
marzo a las 21h, en Cuchuffo (C/ Argumosa 12, Madrid) presentaré el libro junto
a los editores José María de la Quintana y Luis Luna, y me acompañará al saxofón
Alejandro Gil de Rozas.
Por otra parte, el escritor Agustín Fernández Mallo ha
publicado recientemente en su blog un breve comentario del libro que reproduzco
a continuación:
Road Movie (Amargord), Carlos Huerga. El paisaje desde un
automóvil, el cine, la literatura, la música, son materiales de este poemario
al servicio de la sublimación del horizonte: Mirar el horizonte es volver a la
infancia. Pero no hay/infancia./Después, el crepúsculo se cierne sobre los
trigales/y los cuervos amarillean sobre la arena seca/y solo quedan piscinas de
trigo. /Sé que en alguna parte se levantan las ciudades.
lunes, 25 de febrero de 2013
Ray Loriga: Tokio ya no nos quiere
Y llueve y se hace tarde y toda la tristeza del mundo no cambia
nada.
*
Mi cabeza vuelve a ser incapaz de soportar toda la química
que mi corazón necesita.
*
El dueño de la química es el dueño del presente.
*
El amor es tan real como el resto de las cosas imaginadas.
*
No son fantasmas, porque los fantasmas no llevan botas ni
dejan huellas en la nieve.
(Ray Loriga, Tokio ya no nos quiere, Plaza y Janés, 1999).
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Ray Loriga
lunes, 18 de febrero de 2013
Road Movie
Hace unos días ha salido publicado mi segundo libro de poesía, titulado Road Movie (Amargord, 2012), con prólogo de Raúl Quinto (que puede leerse aquí). Aprovecho para publicar un poema del libro.
El alba rota
[Variaciones sobre Easy Rider]
i
El cielo se come los trozos de prado que salen de las
montañas.
Como escenas de un sueño agarrado a los ojos de un lobo
dormido, dos siluetas recorren los bordes del infierno.
Como un escarabajo perdido en las grietas de la tierra seca,
miras el movimiento del inmenso desierto en el cielo
sobre los tejados de madera
y los campos de trigo y maíz.
Dos hombres levantan piedras con sus manos de paja
y bailan la luna en la noche malva
y roja.
ii
Solo quedan huellas mudas en lo profundo del bosque.
Grillos de madera
que se esconden en la noche de fuego.
Las pisadas de los coyotes surcan los látigos de la
madrugada
y las llamas se propagan hacia los sueños rotos
y olvidados.
iii
Sobre el amanecer naranja brota un hálito de malvas
negros y un viento metálico que no se detiene.
Una iguana dibuja su canto sobre el alba rota.
Ahora asoman sombreros de desconfianza y botas
de miedo.
Todo es un disfraz ante la cara mascarada del infierno.
iv
Se levantan sobre los camiones y las motocicletas y las
gasolineras dos jaulas olvidadas en el desierto.
Ruidos de guitarras abandonadas y calor de baterías para
postergar la madrugada.
Por la mañana todas las miradas son azules
y blancas.
v
La bruma de la aurora esconde padres que lloran hijos
en los
bordes de las carreteras y madres que alimentan
la sangre de la intemperie.
Las tumbas preceden al silencio azotado por ángeles
de
barro.
Los perros y los coyotes devoran la luz hecha pedazos.
El alba.
Cuando el sol aprieta, las motocicletas se dirigen hacia
sus
pastos verdes, más hermosas que caballos salvajes.
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Road Movie
domingo, 10 de febrero de 2013
Georges Perec: tentativa de agotamiento de un lugar parisino
Tentativa de agotamiento de un
lugar parisino, de Georges Perec. Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 2012.
Traducción de Maurici Pla.
Los libros de Georges Perec son
inclasificables, y sin embargo, este librito es un intento de clasificar
distintos acontecimientos, situaciones y objetos, de un rincón de París.
Georges Perec asumió este experimento durante tres días del mes de octubre de
1974, ubicándose en distintos puntos de la plaza de Saint-Sulpice a distintas
horas del día, mientras anotaba lo que veía. Imaginemos que cualquiera de
ustedes se sienta en una plaza o tras un ventanal de un café o un hotel y se
dispusiera a observar todo cuando acontece en ese rincón. Como escenas de una
película casi muda (aunque con sonido ambiente), usted podría no solo mirar,
sino anotar las cosas que le llaman la atención. Durante esos minutos, usted
sería alguien privilegiado, pues esa plaza, una parte pequeña y casi ínfima de
la ciudad, estaría a sus pies y usted repararía en detalles ínfimos sobre los
que nadie más fijaría su atención. La vida está llena de momentos que solemos
obviar, y Perec se encarga en Tentativa
de agotamiento de un lugar parisino de demostrarlo.
Si alguien se asoma a este libro
con curiosidad, encontrará no pocas excusas para comparar objetos, comportamientos
o situaciones con la actualidad y comprobará cómo ha cambiado la configuración
de la vida de una calle parisina, madrileña o mexicana de 1974 con respecto a
la actualidad. Por ejemplo, se me ocurre pensar que tal vez en estos tiempos,
las librerías o pequeños comercios serían sustituidos por tiendas de móviles,
bancos o franquicias de ropa… Y tal vez sea ese uno de los objetivos del autor
francés: minusculizar la realidad y detenerla para, con el paso del tiempo,
constatar cómo se ha ido transformando.
¿Qué es la ciudad sino una suma
de pequeños objetos, y qué es el hombre moderno sino un cúmulo de anodinas
experiencias cotidianas? Perec, que decía en su novela W o el recuerdo de la infancia: “Ahora, los recuerdos existen,
fugaces o tenaces, fútiles o pesados, pero nada los pone en orden”, trata de
reconstruir el vacío en la mayoría de sus libros. En algunos casos el vacío lo
constituye una letra; en otros, un recuerdo; en Tentativa de agotamiento de un lugar parisino, el vacío es el
tiempo en su momento presente, ligado al espacio urbano. Todo cuanto sucede
desde el rincón de Perec, es cuidadosamente anotado, precisamente porque es
banal y porque además desaparece al instante. Y eso, que parece una experiencia
vacía, constituye por sí mismo un intento de recuperar la vida. Muchas veces la
realidad cotidiana se nos escapa, pero está repleta de momentos anodinos que
acaban conformando “lo que ocurre cuando no ocurre nada”.
Perec define muy bien la
concentración del espacio urbano que contiene “varias decenas, varios
centenares de acciones simultáneas, de microacontecimientos, que implican cada
uno de ellos posturas, actos motores, gastos de energía específicos”. Eso es la
vida en la gran ciudad, el agotamiento de las acciones, de los actos físicos,
de los recorridos y los movimientos. El observador es un narrador en tercera
persona testigo, y ese es otro de los atractivos de este libro, pues en la
frialdad de esa lejanía del sujeto-narrador se asienta la esencia del voyeur, del verdadero narrador que
contempla sin llegar a participar en la acción. A su vez, se trata de un
ejercicio puramente descriptivo, algo constante en la obra Perec, pues en ese
detallismo aparentemente clínico se concentra una mirada incisiva y poética de
la realidad. A veces, en esa anotación de acontecimientos cotidianos, se
vislumbran reflejos del sentido de la vida: “Lo demás parece aleatorio,
improbable, anárquico. Los autobuses pasan porque tienen que pasar”.
Para Perec, muchas veces lo no
literario forma parte de lo literario, y al revés. Si lo pensamos bien, este
libro, así como otros del autor francés (tales como Me acuerdo, Especies de espacios o Lo infraordinario) son
radicales –todavía hoy- en sus propuestas, por cuanto tiene de antiliterario,
por cuanto es capaz de aglutinar su literatura.
Merece una mención aparte la
cuidada edición de la editorial Gustavo Gili, curiosamente –o no tan
curiosamente-, una editorial de arquitectura, diseño, moda, arte y fotografía.
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